Una noche emblemática del bienestar soñado por un buscador espiritual llamado Johan o, todo es fatuo

“Todo puede suceder en la noche,” me dijo una gurú esotérica en una velada nostálgica, hace ya algunos años, cuando yo era académico en una universidad de California.

En esta ocasión, lo que sucedía era una charla entre dos actores en la gran obra de Dios. Él, un místico de la vía transpersonal, yo, un jnani en vías de recuperación. Ambos, unas olas en el océano llamado Dios, usted lector, simplemente nada, nada en la nada de Dios.

“Yo hago mi chamba,” me dijo Johan, “y Él hace la suya. Pues yo tengo una fe inquebrantable en la promesa de que, si yo hago mi chamba y sigo su programa de liberación que la escuela ofrece, Él me regresará el sano juicio que perdí hace muchos años, cuando yo era un niño risueño en la infancia. Quiero regresar a ser niño y tengo las posibilidades de hacerlo. Pues tengo la creencia de que si yo hago mi chamba, Él hará la suya.”

“¿Estás diciendo que sabes la voluntad de Dios?,” me atreví a preguntar sorbiendo mi té de ginger.

“De acuerdo a sus directrices, sí. Pues Él quiere que tú te sanes a ti mismo mediante un proceso de introspección y autoconocimiento, ver todos esos parámetros ocultos que bloquean la luz de la que hablan en la Biblia. Yo soy el camino, la luz y la verdad, dicen. Él quiere que tú seas responsable, es todo.”

“Estás diciendo que si tú haces ese trabajo, recibirás el sano juicio a modo de premio.”

“Esa es mi creencia.”

“No deja de ser una creencia. ¿Cómo sabes que la voluntad de Dios no es otra?”

“Eso es lo que el ego quiere que tú creas.”

Nos quedamos callados, viéndonos uno al otro, parados en medio del salón. Afuera, la noche tupida hacía imposible ver a unos metros siquiera. Estábamos solos en la Escuela de Sabiduría del Noroeste y una encrucijada de puntos de vista se hacía presente. Johan tenía los brazos cruzados y esperaba mi réplica a su argumento. Le di por su lado, como mi gurú esotérica acostumbrada hacer cuando llegábamos a una encrucijada y nos quedábamos en silencio.

“Creo que en todo trabajo espiritual,” le dije, “lo importante es la rendición. Tomar como emblema la noción de que no hay garantía y siempre se hará la voluntad de Él, y esta voluntad puede no gustarnos.”

“De acuerdo Samadhi, pero al menos ya no habrá sufrimiento, eso es el meollo.”

“Ya no quieres sufrir.”

“No.”

“El que no quiere sufrir no existe, es solo un pensamiento que se opone a lo que es. Es imposible que ese que ya no quiere sufrir elimine el sufrimiento, pues no existe.”

“Entiendo tu filosofía y te ha servido bien, pero cada quien su camino. Vive y deja vivir, dicen. Yo tengo pensado ser maestro espiritual. Pero primero me estoy preparando, estudiando los parámetros de liberación que él programa me ofrece, para luego guiar a otros por el camino del despertar espiritual.”

“¿Y cómo sabes que la voluntad de Dios no será otra, que termines siendo otra cosa y no maestro?  Yo por eso vivo el momento presente. Esa es mi verdad. El momento presente. Pues no sé lo que va a pasar mañana ni lo que Dios tiene reservado para mí.”

“Dices que no hay un mí.”

“Precisamente. Entonces como no hay, ¿cómo voy a refugiarme en un falso yo o personaje que busca una liberación en el futuro? Ese personaje que busca, es el buscador espiritual. Se cree el hacedor de su vida y piensa que está en él buscar la liberación, que depende de él, de su esfuerzo, de su trabajo y si lo consigue, se lo adjudica como si fue gracias a él, por su mérito. Si no lo consigue, inventa una justificación para continuar su búsqueda. Esa es la gran zanahoria Johan.”

“Hablas habladurías amigo, porque no tienes fe. Sigue el programa de la escuela, paso a paso, profundiza en cada palabra y poco a poco se te irá revelando lo que te quiero decir, esa verdad que llega cuando uno entiende el mensaje.”

“Es que no hay nadie que entienda el mensaje. Ese es el punto.”

“Cómo no va haber, si estoy aquí, parado, hablando contigo.”

“Porque te crees el hacedor. Piensas que tú estás a cargo de tu vida, te adjudicas todo lo que se ha ido desarrollando en tu vida como si hubiera sido de tu autoría, cuando en realidad, tú no has hecho nada, se te ha concedido ese camino y rol dentro de la vida.”

Johan me veía con los brazos cruzados. Su esposa llegó por él y ambos se fueron a la noche, desaparecieron en la noche como dos historias que habían llegado a su fin, y yo me quedé solo, solo y con mis dudas.

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