El tiempo es una estación

“Quiero aprender a meditar”, me dijo, mientras conversábamos en la calle, afuera de su residencia, una gran residencia.

(Yo) me había detenido para saludarlo, luego de terminar mi caminata habitual, una mañana de verano.

También, lo admito, me había detenido para observar la remodelación de su casa, la que todos los vecinos comentaban. Le estaban agregando un segundo piso a la parte de atrás, dejando solo un patio central como en las haciendas de México.

“Estoy construyendo un cuarto de meditación”, me dijo, “en la esquina del segundo piso”, y me señaló con su mano la ubicación del cuarto, su esposa se veía a lo lejos dando instrucciones a los albañiles.

“He escuchado que tú meditas”, me dijo. “Mis hijas han leído tus escritos, dicen que meditas, que eres una especie de monje itinerante. Yo te veo caminar en las mañanas y a veces me digo que has de tener historias interesantes.”

Le dije que sí. Que tenía algunas historias de lo que me había sucedido en mis exploraciones en el Tibet.

“Pero no puedo hablar de esto con cualquier persona”, le dije.

“Quiero aprender a meditar”, ofreció, cruzando sus manos por su espalda.

“¿Por qué?”, le pregunté.

“Mira, para serte sincero”, me tomó del brazo y me llevó a una parte oculta, debajo de un árbol. “Desde que se metieron a robar a mi casa, vivo con miedo. No me gusta saber que me robaron mi tranquilidad. Ahora vivo asustado. Cada vez que salgo de mi casa echo una mirada para confirmar si no hay un malandrín atrás de un árbol. A veces, cuando salimos de la ciudad, le hablo por teléfono a un vecino y le pregunto si todo está bien.”

“Entiendo lo que dices”, le dije, “y sí, la meditación es para conducirnos a lo que es verdad.”

Él asintió.

“Eso es lo que quiero. Te veo muy tranquilo, muy relax. Yo quiero la verdad.”

“No siempre estoy relax”, le dije, “a veces también siento miedo.”

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